¡QUEMAR LAS NAVES!

ASVEF

Cuenta la historia que al alcanzar la costa de Fenicia, el ejército de Alejandro Magno se encontró con una superioridad numérica aterradora. Las dudas, los temores, poco a poco fueron ganando terreno en los indómitos corazones de sus soldados. El terrible e invicto ejército de Alejandro sufrió la peor de las derrotas, la derrota de su espíritu y sabedores de ante mano de su funesta pérdida, no pudieron por menos que considerar la rápida retirada para, al menos, salvar lo poco que quedaba de ellos, aunque solo fuera su vida.

Cuál fue la sorpresa de estos derrotados soldados, cuando al buscar con sus anhelantes miradas la seguridad de las naves, descubrieron que ardían irremediablemente, mientras se hundían y eran reclamadas por las profundidades del Mediterráneo.

Alejandro Magno, al ser consciente de la tragedia que se forjaba, mandó destruir la única vía de escape. Tras dar esta orden, se dirigió a sus huestes, ahora solo tenían una opción: vencer, enfrentarse al enemigo. Solo había una forma de volver a casa, en los barcos de sus enemigos ya vencidos.

“Quemar las naves” ha llegado a nuestros días como una expresión dentro de nuestro acervo popular. 
Con ella, describimos la actitud que en ocasiones tomamos o toman otras personas de comprometerse más allá de toda duda, más allá de cualquier posibilidad de vuelta atrás.

Sin embargo, parece que hoy en día, la posibilidad de comprometerse, de perseverar, aún más, de apostar por una idea, un sueño, un valor, una decisión, va quedando desvaída en medio de una sociedad que rehúye la reflexión y busca ante todo, lo inmediato, sin complicaciones, si me permitís el barbarismo, una sociedad de “plug and play”.


Y es que lo inmediato es el mejor remedio para no escuchar nuestra conciencia, esa conciencia que, si la escuchásemos, si le diéramos voz y voto, digamos que… nos “complicaría” la existencia. Desde la conciencia, la persona se encontraría frente a las constantes apelaciones a su responsabilidad, que no es otra cosa que la manifestación de que cada uno de sus actos, por insignificante que parezca, nace de una radical y última libertad, una libertad que puede estar condicionada, limitada, pero en último término siempre conserva la posibilidad de elegir.


Pero claro, si la vida me interpela a que responda, significa, como ya he dicho, que puedo elegir y elegir… y ¡ay, amigo mío!… elegir supone que existe la posibilidad de que yerre.


Y equivocarme significaría enfrentarme a mis limitaciones, enfrentarme a mi finitud, y eso, con la cantidad de cosas que tengo que hacer y conseguir, solo sería un estorbo a mi autorrealización, sería mucho mejor centrarme en lo que puedo tener, que es mucho más cómodo y accesible pues como rezan los nuevos valores: “si no te gusta, te devolvemos el dinero”.


Sin duda, si nos paramos a pensar un poco, aunque no lo hagamos de forma consciente, seguramente hemos caído más de una vez en esta espiral de superficialidad, pero ésta no es la única manera en que podemos vivir, ni tampoco es la única manera en que se puede entender la vida.


Donde otros ven trágico destino, nosotros podemos encontrar un océano de posibilidades; donde otros ensordecen su conciencia con acumulación de cosas y aplazamiento de decisiones, nosotros podemos enriquecer nuestra existencia revalorizando cada pequeño acto o circunstancia. Y aquí es donde expongo mi propuesta: ¡quema tus naves al vivir! ¡quema tus naves en cada decisión de tu vida!


Frankl cuando intuye que no existe situación que carezca totalmente de sentido, está revisando una realidad que para otros se ha convertido en una carga, en una condena, un sinsentido. La Logoterapia va más allá de describir la existencia de un gran sentido en la vida, es capaz de captar como cada uno de los pequeños fragmentos de los que se constituye nuestra vida también poseen esa potencialidad. Para empezar no existe “el” sentido, sino “nuestro” sentido que además, no podemos reducir simplemente a una realidad única y aglutinante. “El sentido correspondiente es un sentido ad personam et ad situationem”*. El sentido no se puede dar (o comprar, añadiría yo), sino que debe ser descubierto. Descubierto por cada uno (ad personam) en cada momento y situación (ad situationem).


Para ello, necesitamos vivir cada momento y cada situación. Si por el contrario, de la misma manera que los soldados del ejército de Alejandro Magno, frente a las presiones del entorno, de nuestros propios miedos, de las exigencias de una cultura de escaparate, nos deslizamos sobre la existencia, asustados, para no ser heridos o decepcionados, estamos siendo derrotados de antemano, como lo estaban siendo los soldados en su corazón.


Pero, ¿y si nos atreviésemos a hacerlo de otra manera? ¿Y si reconociésemos la riqueza de cada momento de nuestra vida, su irrepetibilidad, la gran oportunidad existencial que supone? Una oportunidad en la que yo, y solamente yo, en todo el universo, tengo la capacidad de dar una respuesta genuina.


¿Y si acepto esta tarea existencial, pues me he atrevido a quemar mis naves y, por tanto, solo me queda responder a la vida, sin las ataduras de falsas seguridades, ya sean emocionales o personales? ¿Y si, liberado de esas naves que me tientan a abandonar, convierto mi vida, mi cotidianidad, en algo más grande al comprometerme “realmente” con lo que pienso, siento y vivo?


Es cierto que vivir así no es fácil. El riesgo existe, eso no os lo voy a negar, y las decisiones tomadas también acarrearán en ocasiones dolor y pérdidas.


Por cierto,… finalmente los soldados de Alejandro Magno, aunque doloridos y heridos, consiguieron regresar a sus hogares… en los barcos de sus enemigos.


(*) Viktor E. Frankl. «Logoterapia y análisis existencial», Ed. Herder, Barcelona, 2011, pág. 130)

Manuel Martínez Cuesta.
Licenciado en Psicología y en Antropología, Master en Bioética,
Miembro del equipo formación de la asociación

Publicado en el boletín Acompañar Nº 48 – Enero 2014

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